Los Relojes de la Larga Vida

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Del libro “Historia Desconocida de los Hombre” de Robert Charroux tomamos un curioso relato que hasta ahora ha permanecido inédito en Internet:

Los Relojes de la Larga Vida
A medio camino entre la leyenda y la ciencia fantástica, una historia relatada por el escritor Jacques Yonnet (Enchanltments sur Paris. Ed. Denoel.) introduce el misterio del Tiempo y de la Magia:
En Paris, calle des Grands-Degres, en un viejo edificio hay una tienda de relojero en donde no cabrían holgadamente tres personas.
Un rotulo anuncia la razón social del artesano: "Cyril M., Maestro Relojero".
A decir verdad, en rarísimas ocasiones el maestro Cyril M. se halla en su tenducho y es de creer que no se preocupa desmesuradamente de una eventual clientela.
Sin embargo, desde el siglo XIV, según los archivos conservados en la Biblioteca del Arsenal, siempre existió una relojería en ese lugar.
Cyril M. es un hombre extraño, de unos cuarenta años, y su ocupación es una de las más insólitas: fabrica relojes cuyas agujas se mueven al revés, es decir de derecha a izquierda, en un cuadrante cuya cifra de las horas es sin embargo normal.
Para los iniciados, el artesano tiene un apodo: se le llama "el Relojero del Tiempo Hacia Atrás".
Y por mucho tiempo hilaronse conjeturas sobre el interés que podían suscitar relojes de péndulo o despertadores cuyas agujas indican las nueve cuando son las tres. Jacques Yonnet, tras una paciente pesquisa, dilucido el enigma: el maestro Cyril M. fabricaba relojes que rejuvenecían a sus clientes.
Hace unos seiscientos años, ya eran vendidos relojes mágicos en ese mismo lugar por un maestro relojero llamado Biber, que hacia brillantes negocios. No es difícil encontrar compradores de una maquina de juventud que se remonta por el tiempo, arrastrando a su propietario a una maravillosa aventura.
Un día, sin embargo, una docena de clientes se encontraron fortuitamente en el taller del maestro Biber y le dieron orden de detener la marcha hacia atrás del tiempo que sus relojes indicaban.
— ¡Nada puedo! —Dijo el vendedor—. Esos relojes, si se detuvieran, marcarían entonces la hora ineludible de vuestra muerte. ¿Y por que habéis de quejaros? Vos, maese Olivier, teníais ochenta años cuando vinisteis a verme; vos también, maese Gontault, y todos vosotros teníais cabellos canos e ibais por el camino de la decrepitud. De ello ha tanto tiempo que vosotros todos habríais de estar muertos, si mis relojes no os hubiesen traído al tiempo de los amores.
—Cierto es —asintió maese Olivier—, y de buen grado lo admitimos, mas pronto seremos donceles y nuestro hado nos arrastra hacia una muerte cuya exacta fecha estamos viendo. ¿No podríais poner a esas malditas maquinas en marcha regular, para que nos encamináramos muy suavemente hacia una buena muerte natural?
— ¡lmposible! Tales relojes están hechos de un metal donde fueron íntimamente ligados vuestra sangre, vuestra carne, y fueron bautizados con el nombre vuestro. ¡Tienen un destino, que es el vuestro, y nada puedo yo cambiar!
Protestaron, y uno de ellos replicó:
—Os hemos pagado caro, maese Biber, para adquirir vuestros relojes, tan caro que nos debéis toda nuestra ayuda. Teníais cuarenta anos en la época de las compras, y de ello hace sesenta años bien cumplidos. Pues bien, seguís teniendo cuarenta anos, mientras nos rejuvenecemos más y mas, al extremo de que de ello pronto moriremos. Tenéis, pues, un secreto para detener el tiempo y queremos aprovecharlo.
—Razón tenéis —repuso el relojero—, mas, ¡ay!, no se auxiliaros, pese al gran deseo que siento. Mi reloj goza de la particularidad de hacer girar las agujas ora en el sentido de lo pasado, ora en el sentido de lo venidero, de suerte que el tiempo no corre para mi. Fue la obra cimera de mi maestro, un veneciano, mas el no me lego su secreto y mi saber se detiene en lo que he fabricado. ¡Aunque me matarais, nada podría yo!
Los viejos donceles se retiraron avergonzados; pero algún tiempo después, habiéndose reunido de noche, introdujeronse en la relojería para hurtar el mágico reloj, cada cual con la esperanza de hacerlo suyo. En efecto, lo encontraron y tanto se lo disputaron, que el mágico mecanismo cayo sobre la losa y se rompió. Pues bien, era el reloj-padre de todos los relojes, y cuando se detuvo, todos detuvieron su movimiento y los donceles cayeron muertos de repente. Al día siguiente, los arqueros del rey encontraron diez cadáveres en la tienda del relojero y como ninguno tenia una visible herida, los creyeron muertos por un efecto diabólico —lo que era muy cierto—, y los enterraron al instante sin velarlos en la iglesia ni tañir las campanas de misericordia.
He ahí lo que revela la crónica y que encuentra una extraña prolongación al través de los siglos, ya que en la calle des Grands-Degres hubo siempre un taller de relojería, que sigue existiendo uno y que su propietario pasa por tener la misma agilidad de mano que su antiguo predecesor.
El maestro Cyril M. tiene cuarenta años, la edad de Biber (que era un apodo de Cagliostro) y pertenece al Consejo de los "Antiguos de la Maub” (Se trata de una sociedad de ocultismo que agrupa a doce personajes del barrio de la plaza Maubert), del cual cada miembro tiene mas de ochenta años de vida. ¡Lo que es muy extraño!
Mas extraño todavía: el maestro Cyril M. se permite a veces contar acontecimientos de su vida que se desarrollaron en una época en que, en principio, no había nacido. Se había enrolado dos veces en la Legión Extranjera, lo cual es muy cómodo para cambiar de identidad.
En el siglo XVI, ese género fantástico era creído al punto de que pintores pergeñaban mágicos retratos, mezclando al color, exactamente como en el embrujamiento, pedazos de unas, cabellos, un poco de carne y sangre de su modelo. El retrato era en seguida bautizado, bendecido y se convertía en el doble viviente de su propietario, a quien nada desagradable podía suceder en tanto que la tela fuese preserva da. Por eso encerraban el retrato en un sitio muy cuidado.
Un día, en el Puente Nuevo de Paris, se vio a un hombre de Pro lacerar sus vestiduras y arrojarlas al suelo gritando: "¡Fuego! ¡Fuego! ¡Estoy ardiendo!" Los testigos de la escena no veían sin embargo indicio alguno de llama y creyeron que el hombre estaba loco. Este, que parecía estar sufriendo el martirio, seguía aullando. Acabo por lanzarse al río, de donde lo sacaron ahogado.
Se supo ulteriormente que aquel hombre tenia en su casa un retrato mágico, que el fuego había destruido su hogar y que de seguro había sufrido los efectos de quemaduras en el instante mismo en que estaba consumiéndose el retrato.


Actualmente en la calle des Grands Degres no existe ninguna relojería (al menos a simple vista) y solo tenemos lo que nos dicen Charroux, Kolosimo y Yonnet, aunque los dos primero se basan en lo que dice el ultimo, sea cual sea la veracidad del relato, definitivamente -como dice Charroux al principio- esta es una historia a medio camino entre la leyenda y la ciencia fantástica que bien vale la pena haber sacado del olvido.

Saludos.

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