4/28/2010

El Libro del Misterio: ¿HOMBRES VOLADORES EN ITALIA?

Del libro de Jacques Bergier, Georges H. Gallet y el equipo del "Giornale dei Misteri" titulado "El Libro del Misterio" tomamos un capitulo de Sergio Conti bastante curioso y que ha permanecido inédito en internet (al menos en nuestro idioma).

Como dice la presentación del libro, éste se encuentra constituido por los misterios sacados de la revista italiana "Giornale dei Misteri" y del cual el amplio conjunto de investigadores  dan vida al texto dividiéndolo en cuatro interesantes capítulos:

1.- Las Civilizaciones Desaparecidas
2.- Los Extraterrestres entre Nosotros
3.- Los Seres Extraños (de donde sacamos el fragmento que hoy presentamos).
y 4.- Fenómenos Extraordinarios.

La siguiente historia puede parecer muy fantástica y difícil de tomar en serio, pero ya antecedentes parecidos los pueden encontrar en el libro de Jacques Vallee “Pasaporte a Magonia” y en muchas leyendas de los pueblos antiguos y civilizaciones olvidadas.

Como sea, un pequeño relato que espero estimule “la curiosidad” dormida en estos tiempos donde si no hay evidencias físicas que lo acompañen, no es considerado un relato cierto (y si llegan a haber evidencias, es muy probable que estas sean falsas).

Saludos y a portarse bien, que portarse mal lo hacen todos.


¿HOMBRES VOLADORES EN ITALIA?
Por Sergio Conti

El grupo de investigadores de los fenómenos insólitos L'Iperbole, de Prato (Toscana), ha estudiado recientemente un caso realmente increíble explicado por una persona cuya probidad no puede ponerse en duda. Aunque pueda clasificarse dentro de la categoría de los "misteriosos objetos celestes", presenta unas características que hacen de el un fenómeno sin precedentes.
El testigo es un tal B. A., de Liorna. En la actualidad (*) es funcionario y, tal como estaba moral y legalmente en su derecho, ha pedido que se le mantenga en el anonimato.
El suceso ocurrió durante el verano de 1945. B. A. no se acuerda exactamente del mes y del día; era en agosto o setiembre. Estaba haciendo entonces su servicio militar en la Marina y se había embarcado en el acorazado Duilio, que estaba anclado en Tarento.
Desde el puente de dicho navío, B. A. presencio el extraordinario fenómeno. Hablo de el con muy pocas personas, encontrándose siempre con la incredulidad y la burla. Alberto Costanzo y Loris Innocenti tuvieron que vencer las reticencias de aquel hombre cortes y reservado para hacerle evocar sus recuerdos con la mayor precisión posible.
— ¿Que puedo decides? —empezó—. Los vi como los estoy viendo a ustedes, los observe y recuerdo exactamente como eran.
B. A. tenía entonces veintidós años y su unidad estaba en el puerto. Aquella tarde eran algo más de las siete. El joven marino se aburría. El toque de queda no le permitía bajar a tierra, y el equipaje estaba consignado a bordo. Mientras se paseaba por el puente, se acerco a uno de los grandes gemelos de la Marina que utilizaba el equipo de observación. Para matar el aburrimiento se le ocurrió mirar a través de ellos. El puente estaba desierto y, además, la falta no era grave. Retiro la funda de protecci6n y dirigió el aparato hacia el sol poniente. La luz no era muy viva y los ojos podían soportar un instante el rojizo resplandor del astro. Luego, B. A. desplazo el ocular hacia el cielo, todavía claro y azul, con un lento movimiento para observar la degradación de los colores.
Entonces ocurrió lo que nunca podrá olvidar y que llegó a condicionar en parte su carácter, obligándole a interrogarse de vez en cuando para convencerse de que no era un visionario y de que lo que había visto era real.
En el ocular de la lente se enmarcaba un grupo de "cosas" que planeaban en formación arriba en el cielo.
¡No podía creer lo que veían sus ojos! ¡Era una  "escuadrilla" de formas humanas!
Podía distinguirlas perfectamente. Se recortaban netamente en el azul del cielo.
Veía los rasgos de los rostros, que eran similares a los nuestros. Observo sus cuerpos enormes y poderosos. Aquellos seres eran ciertamente muy grandes, casi de tres metros de altura ("grandes como esta pieza", dijo textualmente B. A.). No podía apartar sus ojos de aquella visi6n y logro captar todos los detalles. Todo el cuerpo de aquellos seres estaba cubierto de plumas. El rostro estaba enmarcado por largos cabellos, de un azul oscuro en algunos y de un rojo también oscuro en otros. En el extremo de los muslos nacían dos patas desprovistas de plumas, de aspecto robusto, que terminaban en tres garras de la longitud de un brazo humano. Daban la impresión de tener una fuerza enorme. "Habrían podido levantar un buey", indico B. A. Habían adoptado una formación en V y el primero hablaba o al menos movía la boca como Si hablase, vuelto hacia su compañero de la derecha.
No tenían brazos, sino dos alas grandes y potentes, con ayuda de las cuales planeaban, como si estuvieran a punto de tomar una decisión.
Vivamente impresionado por este espectáculo, B. A., una vez pasado el primer momento de estupor, miro instintivamente a su alrededor para ver si había algún otro testigo que confirmara su visión. Estaba solo. Se esforzó por dominar el miedo que lo invadió y recuperar su sangre fría. Volvió a poner el ojo en el anteojo. Los seres misteriosos habían desaparecido. Oriento la lente en todas direcciones. No sirvió de nada, el cielo estaba vacío.
Entonces intentó poner en orden sus ideas. Se concentro en la visión que había impresionado su retina unos instantes antes. Recordaba claramente cada detalle. Los seres eran una quincena. Pensó un instante en un nuevo tipo de ingenio volador militar. Pero la hipótesis no tenía consistencia. No había nada de mecánico en las criaturas que había visto. No podía tratarse de aves. Su comportamiento excluía esta hipótesis. Poseían un rostro humano y movían los labios como si hablaran.
Le vino a la mente otro detalle que no se le había ocurrido en aquel momento. Aquellos seres planeaban manteniendo el cuerpo vertical, lo cual no ocurría con ningún ave, al menos que é1 supiera. ¿Y como explicar su súbita desaparici6n? ¿Quienes eran? ¿De dónde venían?
Volvió a poner el capuchón sobre la lente. Sentía una extraña sensación. Estaba seguro de no haber tenido una alucinación. Pero nació en el una duda sutil que jamás le abandon6 a partir de entonces. Ha vivido siempre con la esperanza de encontrar otra persona que haya visto lo mismo que é1 y que, al poder confirmar su testimonio, le pudiera dar la certeza de que no había sido victima de un trauma psíquico.
He aquí los hechos. Sin ningún documento y sin ningún otro testimonio, es difícil interpretarlos sin recurrir a la explicaci6n alucinatoria. No obstante, B. A. es, por una parte, un hombre perfectamente equilibrado, de espíritu lucido, práctico y objetivo. Por otra parte, la historia esta llena de fenómenos inexplicables del mismo género, que tuvieron por testigos a hombres totalmente normales, pero que tropezaron con la incredulidad general y fueron tratados de mitómanos y de iluminados.
Éste fue el caso, por ejemplo, de un tal Comaro Orsini de Genova, que tuvo una experiencia análoga mientras estaba pescando en Bocca di Madra. Esta vez no se trata de un hombre volador, que recuerde a la vez los querubines bíblicos y las sirenas-aves de la mitología, sino de una sirena-pez. Tenía un rostro de mujer enmarcado por unos cabellos verdes, y emergió a poca distancia del testigo, al que miro unos instantes. Aunque la escena fuera muy breve, Orsini tuvo tiempo de observar algunos detalles importantes, como la cola de pescado de color «azulado».
Conocemos a B. A. Es un funcionario escrupuloso y un hombre perfectamente digno de estima. Su viva reticencia a hablar de cosas tan fantásticas había en su favor. Esta atormentado desde hace años por este recuerdo que no puede considerar como fruto de una imaginaci6n exaltada, pues sabe que lo vivió en plena consciencia.
Esta nueva pieza, que viene a añadirse al expediente de los hechos extraños que parecen acreditar la existencia real de criaturas consideradas hasta ahora legendarias, abre sobre la mitología unas perspectivas vertiginosas...

* Aproximadamente a comienzo de 1970, el libro fue escrito en 1975.

4/02/2010

De Marcianos y Venusianos (Parte II)


Continuando con la segunda parte del tema de extraterrestres (luego de un largo paréntesis) le toca ahora el turno al “primer contactado mexicano” cuya experiencia en 1953 nos da cuenta de su encuentro con un venusiano al estilo de George Adamski (cuyos libros –lamentablemente solo en ingles- pueden descargar de la columna de la derecha). El encuentro de don Salvador con los venusianos tiene la virtud de relatarnos su viaje al planeta Venus y forma de vida de sus habitantes en una experiencia que tienen la “inocencia” del relato sincero y puro que se dio en los años 50, y que tristemente ha sido contaminado y desvirtuado con toda la basura posterior de canalizaciones, grises y reptilianos. La historia de Villanueva entra en la categoría de contactos que iremos rescatando poco a poco con contactados como el mismo George Adamski, Dino Kraspedon, Yosip Ibrahim y Narciso Genovese entre otros.

Unos detalles respecto a Salvador Villanueva que hablan positivamente de su experiencia son el haber renunciado a los derechos de autor del libro, su negativa principal a contar la experiencia vivida y sobretodo la sencillez y humildad del mexicano que consideramos nosotros es la clave principal para tener este tipo de experiencias. Su hijo Salvador asimismo da fe y testimonio de la realidad del contacto vivido por su padre en el prologo de una de las ediciones del libro:


Don Salvador Villanueva Medina nació un día de agosto de 1910 en un pueblo del estado de Jalisco. Ahora se ha retirado completamente de todas las actividades de investigación ufológica. Es humilde en pretensiones, generoso, bueno y sabio; autodidacta y orgulloso de su oportunidad de ser visitante de un mundo muy de acuerdo con sus ideales. La experiencia vivida por don Salvador Villanueva Medina en 1953 ha dado origen a este libro, el cual ha sido traducido ya a seis idiomas; tan sólo en Alemania se han vendido 80 mil ejemplares.

Yo, su hijo Salvador, obedeciendo a dos promesas, la que mi padre hizo a sus amigos extraterrestres y la promesa que yo le hice a él de que esta vivencia jamás fuera olvidada, saco a luz su experiencia, porque solamente la magia del tiempo dará la razón. Aprovecho para agradecer a Editorial Mina, y por mi deseo vaya esta nueva edición de la aventura de mi padre en otro mundo.

Salvador Villanueva (hijo)

A continuación les dejamos parte del prologo del libro de Villanueva que esperemos los entusiasme y los lleve a leer en forma completa el libro desde acá: YO ESTUVE EN VENUS - Salvador Villanueva Medina

Corría la segunda decena del mes de agosto de 1953 ... Cubriendo un turno en un carro de alquiler, serví a unos norteamericanos, hombre y mujer, que me pidieron que les recomendara a un chofer que les ayudara a manejar un coche a los Estados Unidos, por la carretera de Laredo. Contra mi costumbre, me interesó el trabajo y me puse a su servicio, saliendo dos días después. El auto era un magnífico Buick modelo 52 que avanzaba con facilidad. A la pareja le urgía llegar y nos turnábamos manejando el vehículo.
Llevábamos recorridos menos de 500 kilómetros, 484 para ser exactos, cuando se produjo un ruido en la transmisión del coche. Paramos, temerosos de causar un desperfecto grave.

Mis acompañantes decidieron regresar en busca de una grúa, ya que en plena carretera y sin herramientas resultaba imposible hacer alguna reparación.

Cuando mis improvisados patrones se alejaron, saqué el gato de defensa con objeto de investigar de dónde provenía el ruido. Lo coloqué, levantando una rueda; eche a andar el motor conectado a la transmisión y me deslicé por debajo, para oír con mayor claridad.

Estando en esa posición oí que alguien se acercaba, pues se escuchaban pasos en la arenilla que se acumula en la orilla de la carretera. Alarmado, ya que cuando mis improvisados patrones se fueron y me metí debajo del coche no había visto a nadie cerca y el lugar es despoblado, traté de salir lo más rápidamente posible.

No acababa de hacerlo cuando oí una voz extraña que en perfecto español me preguntaba qué le pasaba al coche. No contesté, sino que acabé de salir, quedando sentado y recargado en la carrocería.

Tenia frente a mí, como a metro y medio, a un hombre extrañamente vestido, de pequeña estatura. No media arriba de un 1 metro 20 cms. Se cubría con un uniforme hecho de material parecido a la pana ó a un tejido de lana.

No tenía más parte visible que la cabeza y la cara, cuyo color resultaba sorprendentemente parecido al marfil. Su pelo, platinado y ligeramente ondulado, le caía un poco más abajo de los hombros y por detrás de las orejas.

Estas, las cejas, la nariz y la boca formaban un conjunto maravilloso, que completaban un par de ojos verde brillante que recordaban los de una fiera. Llevaba un cinturón grueso redondeado en sus bordes, lleno de pequeñísimas perforaciones y sin unión aparente.

Tenía un casco parecido a los que se usan para jugar foot ball americano, un poco deformado en la parte trasera.

A la altura de la nuca, en dicho casco, había un abultamiento del tamaño de una cajetilla de cigarros cubierta a su vez de perforaciones desvanecidas en sus bordes.

A la altura de las orejas, se veían dos agujeros redondos como de un centímetro, de los que salían gran cantidad de alambritos delgados y temblorosos, que aplanados sobre el dorso del casco formaban una circunferencia como de tres pulgadas y media.

Estos alambritos y la protuberancia eran de color azul, igual que el cinturón y una cinta al parecer metálica en que remataba el cuello del uniforme.

Este y el resto del casco eran de color gris opaco.

El hombre se llevó la mano derecha a la boca para preguntarme si no hablaba.

Me resultó alucinante el sonido sonoro musical de su voz, salido de una boca perfecta que enmarcaba dos hileras de pequeños y blanquísimos dientecillos.

Haciendo un esfuerzo me levanté, dándome un poco de valor al notar mi superioridad física.

El individuo me animaba esbozando una sonrisa llena de dulzura; pero yo no salía aun de la rara impresión que me produjo la súbita aparición de aquel tipo tan singular.

Como no me sintiera obligado a contestar, le pregunté a mi vez si era aviador.

Haciendo derroche de amabilidad me contestó que si lo era, que su avión, como nosotros le llamábamos, estaba a poca distancia.

Reconfortado con su contestación, se me ocurrió invitarlo a subir al coche.

Hacía un airecillo frío, bastante desagradable, que aumentaba de cuando en cuando, al pasar algún vehículo a gran velocidad.

La oscuridad nos empezaba a cubrir y el hombre, en vez de aceptar o de agradecer la invitación, procedió a acomodarse el casco cuidadosamente, dejándose oír un ruido muy parecido al que produce un automóvil en marcha a gran velocidad.

En las perforaciones del cinturón comenzó a prender y a apagar con profusión diversas luces, que aumentaban de intensidad.

El hombre alzó el brazo derecho como despidiéndose, se acercó a un montículo de tierra, lo alcanzó con agilidad y saltó al bosque que bordea la carretera.

Pasado un momento me subí al mismo y trate de buscarlo, localizando a cierta distancia la franja luminosa de su cinturón que semejaba un grupo numeroso de luciérnagas.

Allí estuve hasta perderlo en la oscuridad del bosque.

Regresé al coche, quité el gato, y por consejo de unos motociclistas vigilantes de caminos que pasaban, lo saqué del asfalto, acercándolo al borde en que estaba parado.

Me acurruqué en el asiento, cavilando sobre aquel extraño ser y pensé que quizá fuera en verdad algún aviador que había sufrido un accidente o percance y tuviera el avión destrozado en el bosque. Por fin me quedé dormido.

Debió haber pasado bastante tiempo, pues estaba profundamente dormido cuando fuertes golpes dados en el vidrio de la puerta delantera derecha me despertaron.

Como a primera vista descubrí a dos personas fuera del coche. Imaginé que fueran los dueños del mismo que regresaban.

Sin pensarlo, abrí la puerta, y mi sorpresa fue mayúscula al encontrar que era mi “conocido”, ahora en compañía de otro individuo con su mismo aspecto y forrado de igual manera.

Sin darme cuenta, los invité a subir, cosa que aceptaron de inmediato.

Fue así cuando, por primera vez, sentí la extraña sensación de que aquellos seres eran algo superior a mí.

Como si fuera una premeditada advertencia, al estirar el brazo derecho sobre ellos tratando de ayudarlos a cerrar la portezuela, sentí un dolor agudo como el que produce un golpe repentino dado en un codo, seguido de un entumecimiento que me paralizó momentáneamente el brazo.

Fue tan fuerte la impresión que, instintivamente, me apreté hacia el lado izquierdo, poniendo espacio por medio.

Un momento después se dejó sentir un calorcillo emanado de sus cuerpos ó de sus uniformes, que por cierto resultaba agradable, ya que en esa época la temperatura en la región es fresca.

Sin presentaciones de ninguna especie, el que antes me había visitado, que quedaba en el centro, me preguntó si había logrado arreglar el coche.

Le contesté que no llevaba herramientas suficientes para intentar una reparación en forma y por lo tanto no tenía más remedio que esperar a mis acompañantes que habían ido en busca de auxilio.

Siguió un momento de expectación, y me di cuenta que trataban de observarme con cierto entusiasmo.

Prendí las luces interiores del coche y, solo por preguntar algo, les dije si eran europeos. Lo perfecto de sus facciones me hacían comprender que no pertenecían a una raza al alcance de mis conocimientos.

Sonriendo ligeramente me dijo el que estaba en medio, que era el que llevaba la conversación, que eran de un lugar mucho más distante de lo que yo conocía o pudiera imaginar.

Eso del lugar me producía cierta sensación extraña; pero no se me ocurría pensar en otros planetas, sino en otros países. Nuestro lugar, dijo, está mucho más habitado que éste.

Es difícil encontrar mucho espacio entre gente y gente. Luego el hombre se soltó a hablar tanto que yo quedé perplejo.

Hacían contraste, éste con su locuacidad y su acompañante con su mutismo.

El segundo, que resultaba mas lleno de cara y más robusto en general, solo hacía pequeños movimientos de cabeza, dejando algunas veces al descubierto sus pequeños dientes, que se destacaban por su blancura, pero sin pronunciar palabra.

El bajito siguió diciendo que a su lugar se le podía llamar una ciudad continua, que lo cubría todo, pues sus calles se prolongaban sin fin, que éstas nunca se cruzaban al mismo nivel, que había tal cantidad de vehículos y era tanta su diversidad que fácilmente me quedaría asombrado.

Aseguró que dichos vehículos no usaban combustibles minerales, ni vegetales, pues los gases de esta clase de combustibles resultan dañino a los organismos.

También manifestó que la fuerza de propulsión se la proporcionaba lo mismo el calor central de su planeta, que el sol, ya que eran fuentes inagotables de energía.

Siguió diciendo que, a lo largo de sus banquetas, corrían bandas sin fin que ahorraban esfuerzos a los transeúntes y que la gente jamás ocupaba el arroyo de la calle, pues éste era metálico y conductor de la fuerza con que se impulsaban sus numerosos vehículos.

Estos son totalmente diferentes a los que ustedes usan.

Verás que con el material y el espacio que ustedes emplean para transportar seis pasajeros, nosotros llevamos veinticinco, en algunos casos hasta cincuenta y eso solo en el primer piso.

Lo dijo recorriendo con la vista el interior del espacioso automóvil que ocupábamos.

Pero los tenemos hasta de diez pisos.

Todo esto me estaba amoscando, ya que no sabia de ningún país en nuestro mundo que no usara en parte de sus vehículos alguna clase de combustible.

Podía ser que los hubiera demasiado poblados, pero hasta ahí llegaba la cosa en cuanto a sus ciudades.

Tampoco sabía que las hubiera mecanizadas hasta ese grado. Aquellos hombres me estaban pareciendo un par de bromistas. Pregunté cómo hacían para producir legumbres, ya que estaban tan poblados.

La pregunta la hice en broma; pero él tranquilamente me contestó: Que hacía mucho tiempo cultivaron legumbres en mucho mayor número de las que nosotros conocemos.

Lo hicieron en perforaciones, empleando las paredes para ese fin, por lo que resultaban hortalizas interiores e subterráneas.

Algo de esto me pareció lógico. Otras cosas decididamente no. Ahora, tratando de orientarme, pregunté si tenían mar cerca. Me contestó, como sin darle importancia a la pregunta, que solo tenían uno, pero que era tres veces más profundo que el nuestro.

La cosa me pareció burlesca, y le reproché su proceder. Los dos individuos explotaron en una sonora carcajada que me acabó de amoscar; pero llegué a pensar que posiblemente mi ignorancia era mayor de lo que imaginaba, y si he de decir verdad no me sentí ofendido.

Ante mi impasibilidad, el hombre me espetó: -- Espero que comprendas que te estamos hablando de otro planeta.

-- ¿De otro planeta? --pregunté entre indignado y asombrado.

-- Sí, hombre, otro mundo como ustedes llaman a este en que vives.

¿Creo que sabes que los hay? -- Claro que sí lo sé -- me apresuré a contestar, pues la pregunta me pareció ofensiva.

-- ¡Hágame el favor! ¿Cómo no voy a saber que existen otros planetas? Y terminé, para demostrar mis conocimientos en astronomía aseverando que, según nuestros sabios, ningún otro planeta fuera del nuestro puede tener habitantes racionales.

-- ¿Qué les hace pensar tal cosa? -- me pregunta ¿Acaso los deficientes medios de que disponen para hacer sus cálculos? ¿No les parece demasiada pretensión creer que son los únicos seres que pueblan el universo? Aquello estaba tomando un cariz más serio de lo que yo había pensado.

De repente me volví a dar cuenta del dolor que todavía sentía en mi brazo y también de la rareza de aquellos tipos con sus uniformes y cinturones, con los cascos, lo raro del color de su piel, el de sus expresivos ojos y su extraña voz, a cuyo sonido no podía encontrarle parecido.

Para mi pobre intelecto, aquellas eran demasiadas pruebas.

Decidí seguir resistiendo y les dije que todo me parecía increíble.

-- Cierto, -- me contestó --.

Resulta increíble para la mentalidad de ustedes; pero, dime, ¿por qué resulta increíble?

Carta al mayor Donald E. Keyhoe (autor del clasico ufologico Flying Saucers Are Real) del cubano Juan Orozco relatandole la experiencia vivida por Salvador Villanueva y dandole plena validez al contacto del mexicano.